El 26 de julio de 1526 encontró la muerte en el Océano PacÃfico, en su segundo viaje al Maluco. Pocos dÃas antes habÃa dictado su testamento. La EUS desgrana en este libro la personalidad de Elcano y los detalles de la confección del texto testamentario
La Editorial Universidad de Sevilla y la ConsejerÃa de Cultura de la Junta de AndalucÃa acaban de publicar, dentro de la , , del que es autor el catedrático Según el autor, el testamento es "un prisma poliédrico y lenticular, inscrito de 7.216 palabras y 30.381 letras. Son voces, pensamientos y trozos cristalinos del alma de Elcano, facetas microscópicas que encarnan el músculo de su personalidad. La lectura minuciosa del facsÃmil hace pujante a la inercia de la tinta mineral del original del Archivo de Indias".
El documento se sitúa dentro de la trama envolvente de la escritura, la pluma y el papel en el curso de la vida aventurera de Juan Sebastián Elcano. Se esboza al testador como servidor del rey, buscador de aromas y especias, hombre intrépido, rendido a la caprichosa fortuna e instigador de suculentas expectativas de negocios en las Molucas. Se reviven las manos de papel, pluma, tinta y los salvados secantes que empleó Andrés de Urdaneta en la confección del texto testamentario en uno de los camarotes de la nao Victoria. El que serÃa luego un gran cosmógrafo y marino del rey Felipe II, a sus 18 años, se destapa ya como buen calÃgrafo, conocedor de la aritmética y retórica, y criado y discÃpulo a la vera de su capitán. Elcano se arropa enfermo en su cama de muerte por siete paisanos suyos y encomienda la custodia de su testamento a un segoviano, el contador Iñigo Ortés de Perea. Se hizo un testamento “de dentro”, largo y prolijo en tres pliegos por todas sus caras, y se encerró, ató y selló en otro “de fuera” en media cuartilla. Su madre y las madres solteras de sus hijos lo oyeron y releyeron para pleitear con el rey Carlos I, y dos siglos después el testamento se hizo una joya de valor incalculable para los historiadores de los tres últimos siglos.
El testamento que se fechó astronómicamente en la nao Victoria, en el mar PacÃfico, a un grado de lÃnea equinoccial dio media vuelta al mundo para llegar a Castilla y también restó un dÃa de su calendario. Elcano es piadoso, teme al Purgatorio, confÃa en su confesor y en su fÃsico, y se alivia con devociones y obras de misericordia por Guetaria, Guipúzcoa y España. Es familiar y generoso con sus hijos, sus hermanos, sus sobrinos huérfanos y sobre todo su señora madre. Es hombre de pocas deudas pero sólo vivÃa del mar y los frutos de su comercio. Mercadeó con hierro de Vizcaya y cajas y fardeles de lienzos, papel y abalorios. No disimula estar dentro del cÃrculo de mercaderes de Burgos, cuyo centro eran los banqueros Fugger y Cristóbal de Haro. Elcano vestÃa bien con jubones de tafetán acuchillado, elegantes sombreros, un buen equipo de camisas y coloridas calzas. Su docena de hilos de manicordio nos llevan a un Elcano envuelto en la música de tambores, trompetas, flautas, y en las alboradas y las zalomas marineras. LeÃa la esfera terrestre y libros de astronomÃa en latÃn, en coloquio con el cosmógrafo real, Andrés de San MartÃn. Le gustaban sus guisos, asados y fritos y comer bien, con aparejos propios y variados de cocina. LucÃa, noble vajilla y una despensa, en su situación un tesoro de trigo, harina, queso y pulpo seco. No le faltó el vino blanco de Jerez y de Ribeiro guardado en barricas y compartido con sus cercanos.